Quién haya dicho que el dinero no da la felicidad, sencillamente no vivió en este siglo.
Y no es por ser un cínico materialista, pero sencillamente es la conclusión a la que he llegado por descarte. Digo, no he visto a la primera persona que llore desconsolada en su Hummer ocupada con todos los productos del duty free que compró en su último viaje a Europa. Sin embargo sí he visto a familias llorando en las esquinitas de los hospitales porque se ven en la obligación de donar los cadáveres de sus hijos al estudio forense porque no tienen dinero para costear el entierro (y no digo que les dé felicidad pagar el entierro, pero les da al menos la satisfacción de una despedida apropiada).
“Ajá, pero el dinero no compra la salud ni el amor”, es lo que dicen los más románticos y optimistas. Yo pongo esa afirmación en tela de juicio. Bienvenidos a Venezuela, aquí la Regla de Oro es que quién tiene el oro hace las reglas. Cierto, el dinero no te garantiza la salud, pero en realidad nada lo hace, y si has de enfermarte, es mejor hacerlo en un clínica lujosa con disponibilidad a todos los medicamentos necesarios -o al menos, acceso a los placebos más costosos-. Si no pregúntenle a los pacientes con SIDA que costo tiene el tratamiento de retrovirales, o a los pacientes oncológicos en cuanto está la sesión de Quimioterapia… siendo éstos tratamientos que en otros países los cubre en su totalidad el estado.
En cuanto al amor… pues está sujeto a discusión también. Con dinero nunca faltan los amigos ni las parejas. “Pero el amor por conveniencia es frío y vacío” dicen de nuevo los románticos. Quizás. Pero yo digo que ese amor es tan válido como el de aquéllas parejas que siguen unidas por pura costumbre o como aquéllas relaciones que sólo se mantienen por el miedo que les provoca a los individuos el hecho de estar solos. Si hemos de criticar, pues yo comenzaría por esos casos.
También se me ocurre que quizás mi alma gemela vive en otro continente, y yo, como el pobre diablo que soy, no tiene el dinero suficiente para cruzar el charco. Consecuencia? Soy infeliz por pobre.
Pero en fin. Puede que esté equivocado, como admito que ha pasado muchas veces, pero ésta es la -triste- conclusión a la que he llegado.
Mientras tanto, me quedo con el refrán de Woody Allen: “El dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida, que se necesita un especialista muy avanzado para verificar la diferencia”
Es cierto y siempre he defendido esa posición. Que viva el dinero, pero que viva en mi cartera por favor.